Anamnesis, eros y dialéctica.

02.06.2017

"Maestro y médico son categorías ontológicas relativas a la manera fundamental de ser del hombre"

J.M. Esquirol. La resistencia íntima. Acantilado 2016

En su afán de supervivencia, el ser humano trocea y clasifica la realidad transformándola a su vez en función de la profundidad de sus pensamientos. Es así como, al conocer una persona, le asignamos la etiqueta correspondiente, la semejanza. La primera ley por la que Hume explicaba la formación de las ideas complejas a partir de la simples. De este modo, coincidí en la red con Esteban Fernández-Hinojosa al que instantáneamente rotulé satisfecho, como "médico humanista".

Para esos alumnos que en cada promoción preguntan: "¿Por qué los de ciencias tenemos que estudiar lengua y literatura?" mi clasificación resultaría extraña, casi incomprensible. Sin embargo, encontrar especímenes como Esteban resulta tranquilizante para alguien que tiene que explicar a diario que la distinción humana entre ciencias y letras es tan arbitraria como tener un coche con un número de matrícula par o impar. ¡Si todos son matrículas! En fin, simples "bárbaros especialistas" que llamaría Ortega. Una utilitaria distinción para la organización académica.

Seguimos necesitando paralelos, meridianos, minutos y segundos para comprender nuestro entorno y, cuando lo usamos demasiado, nos encerramos entre sus líneas como moscas entre paredes de vidrio.

Entre los defensores de esta postura holística del conocimiento, sin diferencias entre ciencias y letras recuerdo a Lledó o a Bueno y, como ejemplos ilustres de sabios sin más especialización que la sabiduría, afloran entre otros Aristóteles, Miguel Servet, Descartes o el propio Gregorio Marañón que encabeza "Anamnesis", el artículo culpable de este escrito.

Son incontables los sufijos y prefijos clásicos que inundan las ciencias dotando a sus objetos y usuarios de la precisión lingüística comparable a la técnica del cirujano. Anamnesis es uno de ellos. A los pocos meses de empezar el curso pedí a mis alumnos de 2º de bachillerato que realizaran una disertación en la que, de forma subjetiva por supuesto, jerarquizaran los tres caminos que, para Platón, conducen nuestra alma a la sabiduría, a saber: la anamnesis o reminiscencia, la dialéctica y el amor. Salvo unos pocos seguros de su seguridad, la mayoría coincidieron en afirmar que no se trataba de un sistema organizado y mecanicista para conocer sino que, en la dinámica del proceso continuo, entraban y salían esos tres caminos. Es obvio que el eros nos mueve. Como la voluntad por poseer o disfrutar de un bienestar que, según Platón, evoca en nuestra alma el perfecto mundo de las ideas de donde esta vino: el recuerdo, la reminiscencia o anamnesis. El medio sería así el diálogo, esto mismo que está ocurriendo ahora en tu mente de lector que recibes mis palabras. Al tiempo que vas construyendo tus ideas, juzgas las mías y nace en ti el deseo de responder con la réplica. Todo muy hegeliano.

Pero Fernández-Hinojosa, como cuidador del cuerpo y del alma, no se centra en este aspecto sino que nos conduce con su escrito a la artificiosa democratización de la ataraxia epicúrea. Ya no se trata de una búsqueda individual de la ausencia de dolor. En la línea del "hombre masa", solo por nacer, solo por ser humanos, la OMS se atrevió a vendernos la utopía de "Salud para todos en el 2000". Y así es como delegamos la responsabilidad de nuestra salud en las instituciones cuando ni siquiera nosotros mismos somos dueños del Yo que debería gestionarla. En el artículo aparece en escena Descartes, representante del dualismo antropológico más radical de la historia. Un bálsamo tranquilizador en un mundo racional que empezó a asomarse a la razón y la ciencia como guardianas garantes de la realidad y la existencia pero que, ante la imposibilidad de explicar la esencia humana, recurría al comodín de su "Res infinita" igual que el gran Aristóteles tiraba del Nous universal.

Pero el problema de saber quiénes somos sigue ahí. Además de Juán Arana, tenemos, a vueltas con la conciencia y la inconsciencia, a Jonh Dylan Heynes tomando el relevo de Benjamin Libet o el propio Markus Gabriel quien manifiesta categóricamente que no somos nuestro cerebro.

Y es que la interacción entre quien quiera que seamos o creamos ser y nuestro cuerpo es lo que determina nuestra dimensión vital cotidiana. Esa historia que el médico debe reconstruir para completar el arrogante puzzle de la analítica. Rearmar a su paciente y rearmarse él mismo. Convertirse uno en mágico e inconsciente placebo y otro en motor de la voluntad de poder de su maestro. Quizás no fueran dos, sino uno; y, como diría Parménides, ambos serían simples manifestaciones continuas y eternas del Ser.

Gracias, Esteban por motivar a la reflexión compartida.

Francisco García Las Heras.

Profesor de Filosofía y Letras.

Enlaces:

https://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/Anamnesis_0_1139886586.html

https://sociedad.elpais.com/sociedad/2008/04/15/actualidad/1208210403_850215.html

https://www.escueladefilosofia.com/documentos/Newsletter-EFI.De%20la-medicina-a-la-filosofia-y-viceversa.pdf

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